Abogacía

Como metodistas unidos, entendemos que nuestro llamamiento a transformar el mundo incluye la justicia personal, social y cívica.

Las relaciones que formamos en nuestras comunidades, a menudo a través de nuestro servicio personal y los ministerios de misericordia, nos llevan a abogar por la justicia. No podemos quedarnos callados cuando vemos a nuestros vecinos afectados por sistemas sociales, económicos y políticos quebrados que producen pobreza, conflicto y opresión.

La Biblia y la abogacía
La Escritura inspira e informa nuestra abogacía. En ambos testamentos, escuchamos el llamado de Dios a hacer justicia (Miqueas 6:8), a reparar el quebrantamiento de nuestras comunidades (Isaías 58, 61) y a amarnos unos a otros (Juan 15). Los profetas y Jesús consistentemente advirtieron a los líderes que oprimen o niegan la justicia a otros. En toda la Biblia, Dios llama a mujeres y hombres fieles a desafiar a estos líderes injustos y a servir como abogados a favor de la justicia y la paz.

La Biblia no sólo nos exige hacer justicia, sino que provee de innumerables ejemplos de abogacía efectiva. Podemos mencionar el poder persuasivo de las historias que Jesús contaba y lo eficaz que fue la viuda persistente (Lucas 18), la forma en que Aarón apoyó al reacio Moisés (Éxodo 4) y la valiente desobediencia de las parteras Sifra y Fuvá (Éxodo 1:15-21). Las historias de la Biblia ofrecen muchas ideas prácticas y poderosas para quienes hoy abogan por la justicia. 

Pongamos nuestra fe en acción
Al abogar junto con nuestros vecinos, llamamos a cuenta a nuestros líderes y demandamos medidas y prácticas que reflejan nuestro entendimiento de la justicia y dignidad para todos. Aunque tenemos un largo camino hacia la justicia, Dios nos anima y sostiene a través de la comunidad. La iglesia y la sociedad educan, equipan y conectan a quienes practican la abogacía con otros metodista unidos y socios de comunidades de base y de fe, para que juntos construyamos un movimiento de justicia.

Esta es una traducción del original en inglés por la Junta General de Iglesia y Sociedad