Formación Espiritual

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Esta es su casa, una reflexión

“Adelante. Pase. Esta es su casa.” Con esas palabras acostumbramos en nuestra cultura recibir a cualquier visitante. Son palabras que confunden a quien, por ser proveniente de otra cultura, no las entiende. Hace unos años un misionero norteamericano en América Latina me contaba que estaba recién llegado al país cuando el director del coro de la iglesia vino a decirle que esa noche había reunión del coro, y que quisieran que él estuviera presente. El misionero preguntó: “¿Dónde?” El director del coro le respondió: “En su casa de usted”. El misionero se sintió un poco molesto de que el coro se sintiera en libertad de invitarse a sí mismo a su casa. Pero, como estaba recién llegado, no quiso crear dificultades, y se proveyó de refrescos y algunas golosinas para cuando el coro llegar a su casa. ¡Pero se quedó esperando!

Al día siguiente se encontró con el director del coro, y tras una larga y confusa conversación por fin se enteró de que cuando ese señor les dijo “En su casa de usted”, lo que quería decir era “En mi casa, que es también suya”.

Yo mismo tuve una experiencia semejante, pero en sentido contrario. Fue cuando vine a vivir a los Estados Unidos que por primera vez escuché una palabra que nunca había oído: “privacy”. Unos pocos años empecé a oír algo parecido en nuestra lengua:  “privacidad”, y “privacía”. En realidad, hasta hace unos pocos años ninguna de las dos estaba en el Diccionario de la Real Academia Española. Ahora, en parte por influencia del inglés, el diccionario sí incluye la primera, “privacidad”. Y ciertamente hay un lugar para mantener en privado diversos aspectos de la vida. Pero siempre recuerdo que en español “privar” quiere decir quitar o desposeer. Y que, al tiempo que es bueno poder mantener algún conocimiento en privado, estar “privado” de comida o de información no es bueno.

Pensándolo ahora, se me ocurre que aquello de “Esta es su casa” no es solamente una forma de cortesía, sino que lo tomamos en serio. Queremos que la otra persona se sienta cómoda. Queremos compartir con ella. Queremos que, dentro de los límites del respeto, el buen gusto y la cortesía, cuando estén en nuestra casa se sientan como si estuvieran en la de ellos.

Y lo de “privado” no es solamente una curiosidad en el lenguaje, sino que es también expresión de nuestro deseo de compartir, de darnos a conocer, de que la otra persona nos conozca; de que haya un intercambio.

Por extraño que parezca, lo que me ha llevado a pensar en todo esto es la pandemia que azota al mundo hoy y lo que hace muchos años un pastor cristiano dijo acerca de otra pandemia. Era el año 253, y el pastor u obispo de la iglesia en Cartago, una ciudad en el norte de África, se llamaba Cipriano. La pandemia fue terrible, pues cubrió de un extremo al otro del Imperio Romano. En el norte de África, se calcula que murió la tercera parte de la población. En aquella pandemia, como en la de hoy, cada cual trataba de culpar al otro. Si hoy algunos les echan la culpa sin razón alguna a los chinos, entonces se les echaba la culpa, también sin razón alguna, a los cristianos. Y los mismos cristianos se preguntaban por qué Dios no les protegía.

La respuesta de Cipriano fue, primero, que la razón de ser cristiano no es porque de ese modo nos veremos libres de todos los males que acechan al mundo. (Lo cual, tristemente, es lo que algunos parecen predicar hoy, diciendo que Dios les dará prosperidad y riquezas a quienes le sean fieles.) Pero lo que más me interesa aquí es el resto de la respuesta de Cipriano, quien dice que en realidad todos vivimos en este mundo como en una misma casa, y que por tanto lo que afecta a uno afecta también a los demás. Lo que les toca entonces a los cristianos no es quejar nos porque su Dios no nos protege, sino darle gracias a Dios porque nos ha dado esta casa común que es el mundo. Sobre esa base, Cipriano organizó todo un programa de ayuda a los necesitados en medio de la pandemia, y esto resultó en un testimonio poderoso que muchos paganos tuvieron que reconocer.

Todo esto me lleva a pensar, en primer lugar, que quienes hoy nos dicen a los latinos, “Váyanse a su casa” no se dan cuenta de que tanto ellos como nosotros estamos en esta única casa que Dios nos ha dado a todos. No es cuestión de cerrar las puertas. No es cuestión de exigir una “privacidad” extrema, y así privarnos cada cual de lo que podrían aportarnos los demás. Es más bien de que aprendamos a decirnos unos a otros: “Adelante. Esta es su casa.”


El Dr. Justo L. González es un teólogo, autor y miembro de la Iglesia Metodista Unida. Ha escrito más de 150 libros que se centran en estudios bíblicos, historia cristiana y teología. Además, es un líder de gran influencia al desarrollo de la teología latinoamericana.