30 de junio de 2026
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«Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.»
— Efesios 2:19
Al Pueblo Llamado Metodista Unido,
En estos días turbulentos, la iglesia está llamada una vez más a recordar quiénes somos y de quién somos. Antes de ser ciudadanos de nación alguna, somos hijos e hijas de Dios, cada uno portador de la imagen divina (Génesis 1:27). La gracia preveniente de Dios nos ha precedido, obrando ya en cada persona de toda nación, mucho antes de que alguno de nosotros buscara a Dios o pudiera merecerla o siquiera reconocerla, despertando la conciencia y otorgando un valor que ningún tribunal puede conceder y ningún decreto puede revocar. En Cristo, esa misma gracia nos reúne en una sola familia, de modo que ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino miembros juntos de la familia de Dios (Efesios 2:19). Esta es la primera y más profunda verdad acerca de cada migrante, cada inmigrante, cada refugiado y cada niño entre nosotros.
Desde esa verdad recibimos las duras noticias de estos días. La Corte Suprema de los Estados Unidos ha emitido decisiones que recaen pesadamente sobre las familias inmigrantes en nuestras bancas y en nuestras comunidades. La retirada del Estatus de Protección Temporal a más de 350.000 de nuestros vecinos sirios y haitianos, y los nuevos límites impuestos a quienes buscan asilo, dejan a personas que han trabajado, adorado y criado a sus hijos entre nosotros ante el riesgo de ser devueltas a un grave peligro. Casi 1,3 millones de personas de diecisiete países han dependido de estas protecciones. No apartaremos la mirada de su temor, ni hablaremos de ellos como un problema que gestionar, porque son nuestros vecinos y nuestros amigos, amados de Dios.
Hoy la Corte ha afirmado la antigua promesa de que quienes nacen en suelo de los Estados Unidos le pertenecen, y por esta medida de justicia damos gracias. Sin embargo, el evangelio proclama una ciudadanía aún más profunda, porque nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20), y desde esa pertenencia segura quedamos libres para defender la dignidad de cada prójimo en la tierra. Por eso nuestro regocijo es mesurado, incompleto mientras las decisiones de estos mismos días dejan a otros con temor.
La Escritura mantiene unido lo que a menudo intentamos separar, uniendo lo eterno y lo temporal en un solo llamado de Dios. El mismo Señor que nos dice que nuestro hogar está en los cielos nos manda, aquí y ahora, practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios (Miqueas 6:8). Al antiguo Israel Dios le dio el mandato: «Al extranjero que resida entre ustedes lo tratarán como al nativo. Ámenlo como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto» (Levítico 19:34). Nuestro propio Señor conoció el camino del refugiado, llevado de niño a Egipto para escapar de la violencia de un gobernante (Mateo 2), y nos enseña que cuando acogemos al extranjero, lo acogemos a él (Mateo 25:35). Una fe que profesa estas verdades y no hace nada no es fe viva en absoluto, porque la fe sin obras está muerta (Santiago 2:26). Esta es la santidad que nuestra tradición wesleyana siempre ha enseñado: una fe hecha completa en el amor, corazones encendidos por la gracia y manos puestas a la obra en un mundo de necesidad, donde la misma misericordia que extendemos al extranjero se vuelve el lugar donde encontramos, a cambio, la gracia de Dios.
Doy gracias por los obispos, pastores y congregaciones que ya caminan de cerca con los más afectados. El Obispo Tom Berlin y la Conferencia de Florida, hogar de muchos metodistas unidos haitianos, han ofrecido un fiel testimonio pastoral en esta hora, recordándonos que nuestros vecinos no son extraños, sino miembros amados de nuestras comunidades. Encomio su liderazgo y hago un llamado a cada conferencia anual a acercarse a las familias inmigrantes con ese mismo espíritu de solidaridad evangélica.
Nuestras agencias generales se han pronunciado, y están dispuestas a ayudar. Los animo a leer y compartir la declaración de nuestra Junta General de Ministerios Globales y la declaración de nuestra Junta General de Iglesia y Sociedad, y a emprender las obras de misericordia que ellas recomiendan: orar por las familias que tienen miedo, acompañar a los vecinos necesitados, abogar ante nuestros líderes por un trato justo y humano, y dar generosamente a través del Avance de Migración Global.
No nos cansemos de hacer el bien (Gálatas 6:9). En una temporada en que muchos son tentados al miedo y a la sospecha, que la Iglesia Metodista Unida sea hallada, como siempre, acogiendo al extranjero, amando al prójimo y llevando la esperanza de Cristo a todas las personas.
Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo (Romanos 15:13).

Caminando con ustedes en la misión de Cristo,
Obispo Rubén Sáenz Jr.
Presidente, Consejo de Obispos
La Iglesia Metodista Unida